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Cuentos de Viejos

Nunca me ha gustado replicarme. Y como la realidad de los ancianos permanece en un escenario de telenovela reprisada, consideré no aburrir a mis amigos y conocidos con mis cuentos protagonizados por ancianos. Continúo escribiéndolos, pero solo les enviaré aquellos en que crea colocar un punto de vista mas pegado a la realidad de estos
días. Gracias por resistirme.

Ilse Bulit – Periodista de la Delegación de Periodistas Jubilados en La Habana – Cuba

El juego de la latica  versus  Celular

Le llegó el barullo en esa nube protectora que baja los niveles del sonido en los oídos ancianos. Abandonó su rincón favorito en el patio y a paso de bastón buscó a la hija. Estaba junto al marido en el rincón favorito de ellos, en la cocina. Ella, acongojada, preparaba un jugo natural, posible receptor del agua salada de las próximas lágrimas. Él, enfurecido, sentía el crepitante latir del corazón, en anuncio de una posible visita al cardiólogo. La llegada del “bisa”, así quedó bautizado por la popularidad de una telenovela brasileña de la temporada veraniega, les frenó la conversación. Los querían todos en la familia y lo respetaban; aunque en algunos nietos y todos los bisnietos, se sentía mirado como al Morro, aceptado en su papel histórico de representante de la ciudad, pero ya desvanecidos su luz guiadora de navegantes, ante las tecnologías vigentes.

El pedido de un buchito de café, logró calmarles los ánimos. Por complacerlo, solo por él, decidieron darle trabajo a la cafetera china. Mientras esperaban la colada, saltó el último capítulo de los normales dramas familiares, causante del ruido desproporcionado en un hogar de gentes civilizadas.

El nieto del medio, o sea, su bisnieto, el de los nueve años, estaba encaprichado en un celular-animadocelular de verdad y lo reclamaba a gritos en pago de su paso triunfante al tercer grado con las mejores notas del aula. Y demostrando un admirable sentido de la justicia, preguntaba el porqué tenía un celular con lucecitas, el más irrespetuoso y mal estudiante esa aula. Lo peor vino después, cuando el padre bajó a nivel de primaria sus conocimientos sobre la economía mundial y explicó las diferencias entre los países desarrollados y no desarrollados. Entonces, el estudioso y por seguro, pichón de analista de información, le ripostó que en la TV cubana había visto a niñitos indígenas con celulares. Noqueado el padre y en la edad de los infartos peligrosos, bufando abandonó la discusión y el pequeño cerró los libros en huelga de estudios, por lo menos por ese día. Y ellos, par de ancianos todavía con influencia entre los hijos y nietos, escarbaban en los posibles argumentos que convencieran al niño porque ya lo del celular implicaba aparte de la inversión monetaria, ciertas consideraciones éticas.

El irritado abuelo calmado por el café, expuso una idea. Seguro la apoyaría el bisabuelo, quien se entretendría también en la niñez con aquel juego. En la infancia de ambos, el teléfono fijo escaseaba en ciudades y campos.

Le contarían como ellos se divertían durante horas. Buscaría dos laticas y el cable. Un niño con latica a cada lado del cable extendido y jugarían a las llamadas telefónicas, unidas a “rin rin” vocales o hechos repiqueteando otra lata.

telefono-de-latica-meuciEl bisabuelo observó asombrado al anciano. El calor sofocante le obstruía la conexión de las células cerebrales o un brote de Alzheimer lo tomaba por sorpresa.

Si le planteaba el juego del teléfono de latica al pequeño operario de computadora, perdería el respeto de todos los habitantes de la casa, inclusive él, un cercano nonagenario del siglo XXI.

10 de septiembre de 2016

El ungüento del olvido

Por Ilse Bulit – Delegación Periodistas Jubilados en La Habana

Al fin, un correo de la amiga. Durante meses, ninguna respuesta a los enviados. Una buena señal, salía del enclaustramiento. Aceptaba su silencio. La comprendía.

Despertar en la noche, volverse y aquel espacio ocupado por tantos años, vacío. Y cuando le daban otra vuelta a la relación. Hijos independientes y lejanos, nietos queridos, pero entregados a ellos.

Los dos, en el goce de un amor calmado, de regreso de aquellas disputas por los celos de ella, la mayoría de las veces, injustos; otras, no.

“Yo no tengo la culpa, me caen atrás”, le dijo una vez, mientras revisaban el proyecto de una adiestrada, cargada de dudas solo en presencia de él. Tenía razón el muy bribón. Con esa cara de niño bueno aun cuando las primeras canas aparecían. No era de esos de que por hombre cedía a la primera provocación. Pero hubiera podido ser el primero que en el país presentara una queja por acoso sexual.

Trabajaban juntos y solo en una determinada circunstancia, descubrió una mirada cómplice intercambiada entre él y una elegante cliente. Una aventura porque al siguiente mes, él no respondía las insistentes llamadas de la mujer. Y no porque supondría que ella se lo contara a la esposa, su amiga. Él la quería. Bien preocupado estuvo cuando su posible dolencia y en más de una oportunidad le expresó que ni una extirpación demolería su amor.

En verdad, él era adorable hasta en el trabajo. De esos capaces de convertir la tarea diaria en un estímulo para la creación y aderezar con un chiste una reunión, después de presentar con la gravedad debida, una imperfección del colectivo. Consumada la jubilación de todos, mantuvo la cohesión del grupo y aunaba dineros para aparecer en la casa de un enfermo con la ayuda requerida o armar una fiesta sorpresa para un cumpleañero amargado por las trabas físicas de la vejez.

Rehusó las despedidas ante la decisión de marchar al extranjero a reunirse con los hijos. Algunos, incluida ella, cuestionaron esa operación escondida. Era una pregunta abierta en las aguas de un río más caudaloso y limpio que el Almendares, el que sorbió las cenizas.

Por la amiga supo que de ella partió el impulso del viaje definitivo.

Y esta particularidad, la hacía sentir provocadora del accidente. La liberación de esa injusta culpa podría aparecer en este correo. El pedido de la amiga la derrumbó. Primero, la sorpresa que abrió paso a la conmiseración. Podía cumplir sus deseos, pero temía sumirla aun más en la desesperación. En pocas líneas le rogaba que le contara anécdotas del desaparecido. Despreciaba el ungüento apaciguador del olvido. Reclamaba la apertura de las heridas. ¿Qué hacer?

Si ella poseía cientos de fotos. No se conformaba. Quería palabras que repitieran su presencia, convertirla en una constante en su memoria.

¿Complacerla? Entonces, pensó en el posible día en que ella también encontrara un vacío en la cama. Tapó los oídos a los sabios consejos de los psicólogos. Cercanos los ochenta años, vale la pena sumergirse en el gozo de los recuerdos del por siempre amado y resistido.

Todavía sirven los viejos

Por Ilse Bulit – Delegación de Periodistas Jubilados en La Habana

Este era el último café del día. Lo aceptaba la pareja y lo disfrutaba, acomodados en la terraza.  El siletodavia sirven para algo los viejosncio de la casa pronto se vería interrumpido por la llegada de sus otros moradores. Debajo de ellos, una concurrida avenida de la ciudad provocaba ruidos que no les pertenecían, aminorados por la altura del piso ocupado. Era la hora precisa en que les nacían todo tipo de comentarios. El presente, el pasado y el futuro se fundían en un crisol de opiniones disímiles. Se hablaba de lo humano y lo divino al estilo de  un locutor de estirpe en un programa radial o se iba de “palo pá rumba”, dicho traído por el anciano del popular barrio en que se crió. Esa crianza pegada al suelo irregular pisado le diseñó una personalidad pragmática, bien diferente a esta mujer perfeccionista, entregada a la tarea de perfeccionarse ella y sobre todo, perfeccionar a los suyos.
Estaba listo ese preámbulo del verano en que el calor trata  de dominar al aire frío de las tardes y este tiempo le servía a la anciana para dolerse de las barriguitas al aire de esas casi niñas circulantes allá abajo, acompañadas de esos casi niños de cigarros en la boca y un posible derivado del alcohol, asomando la tapa en el bolsillo.
Gracias a Dios, lo recalcaba, sus nietos no eran así y repetía sus cualidades, olvidada de los defectos y que el conocía tan bien como ella pues los habían criados juntos. El seguía a medias las palabras porque en silencio organizaba otras palabras que pronunciaría esa noche a escondidas de ella y de los otros en un primer paso prudente ante una amenaza olfateada en el día anterior.
Había entrado al dormitorio del adolescente mayor en busca de la revista prometida y Sigue leyendo

Ellos lo dieron todo

Por: Ilse Bulit – Delegación de Periodistas jubilados en La Habana – Cuba

Le fastidiaba prepararse el desayuno. Nunca imaginó que por unos

Todo cuidado es poco si se trata de las personas adultos mayores que cuidaron de nosotros.

Nieta se ocupa de afeitar a su abuelo

minutos de diferencia, un huevo podía pasar de un estado líquido a sólido. Y lo peor, lo que más le molestaba, era repetir la misma operación día tras día y al final comprobar que ningún huevo le quedaba igual al anterior y si por casualidad, alguno se acercaba a su gusto, jamás sería su exacto concepto de un huevo para ingerir en el desayuno, porque en la volatividad de pareceres se anclaba el rasgo principal de su personalidad.
Para la profesión ejercida durante cuarenta años, significó la búsqueda incesante de nuevos rumbos y la pérdida de posiciones estables. Y la pérdida también de dos matrimonios registrados en notarías y varios calificados como uniones consensuales. Producto de los últimos, solo dejó algunas griterías y otros disgustos. En los primeros, acumuló hijos que siempre recibieron la pensión alimentaria, regalos de primera en cumpleaños y Reyes y cuando las madres chillaban por ayuda, lo que ocurría a menudo.
Por la ventana, divisaba el mar. Lo agitado de las olas le justificaba la suspensión de la caminata aconsejada por el médico. Después del desayuno, ese desayuno también aconsejado por el médico al igual que el almuerzo confeccionado por la asistente el día anterior, vería algún filme. Quería extraerse las palabras escuchadas ayer en el programa de la tele y que lo incitaban a una visita mental al pasado, lo que por lo menos a él, para su descanso espiritual, era un inconveniente. No era la primera vez que escuchaba la dichosa frasecita. Era una especie de rezo, una invocación a las almas, un reclamo a los corazones de los ciudadanos. Preferentemente el versito lo colocaban en voces femeninas y caras angelicales. Podrían ser profesionales graduadas de psicología, sociología,
o de periodismo. Y si por error se la endosaban a pronunciar a una anciana, esta era una gran actriz aficionada, una hipócrita de envergadura o una pura masoquista. Porque sus compañeras etáreas o quizás ella misma, las de la generación libertaria a toda costa, sufrieron bien los acontecimientos o fueron
testigos de los hechos. Y sabían lo que podía esconderse detrás de la frasecita de marras.
“Ellos lo dieron todo”. Sí, esos viejitos que usted ve por ahí, “lo dieron todo a sus hijos, a sus mujeres, a su familia. Las familias están obligadas a reembolsarles la atención, el afecto. Sigue leyendo

La noche de los cuerpos reunificados

Por Ilse Bulit – Delegación de Periodistas jubilados en La Habana – Cuba

A la edad de los dos, la fecha de los hechos sube y baja en un cachumbambé y agregar cinco años o restar diez, no tiene la menor importancia. Repasar más o menos el contenido de aquella conferencia, charla o clase, no supieron entonces clasificarla y menos ahora, significaba que además de recordar el cumpleaños de los hijos, nietos y en especial, el día del cobro de la jubilación, todavía acumulaban cenizas de neuronas. A aquella conferencia, clase o charla acudieron porque una pareja de amigos los invitó, más bien los arrastró. Después de la asistencia, en la que ella pudo comprobar que sus flácidas mejillas enrojecían, la amistad con dicha pareja se malogró. Les había nacido la sospecha de que deseaban involucrarlos en alguna variante cuatripartita de ensayos eróticos.
Porque la charla o clase en cuestión trataba de las relaciones sexuales en la tercera edad, del modo y el cómo incentivar los ánimos hacia ese entretenimiento gratuito en parejas formales.
La conferencista, vale designarla así porque al alentar a las visualizaciones inspiradoras, a las cómodas poses apropiadas, a los llamados juegos eróticos, siempre se expresó con soltura académica y una delicadeza Sigue leyendo