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Ochoa sigue siendo un huracán

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Ochoa sigue siendo un huracán

Que me perdone la Señora Modestia.

Sí, que me absuelva si quiere, pero debo declarar que fui yo, en un artículo periodístico, publicado hace muchísimos años y titulado “Ochoa es un huracán”, quien primero expresó el diagnóstico: Héctor Ochoa Carrillo (La Habana, 1931) no pertenece al género humano, no es una persona, sino que se proyecta como un indetenible meteoro.
Y, con sus 85 años, lo sigue siendo.
Ah, pero el asunto cuenta con larga historia.

Démosle al reloj pa´trá

Transcurre 1944 y un muchachito vedadense de 13 años, llamado Héctor, se estrena en los medios, como asistente de cámara, en los capitalinos estudios fílmicos de Estrella y Plasencia.
Llega el marzato. Aquel joven —ahora veinteañero—, poseedor de un corazón rebelde en medio del tórax, se rebela contra el golpetazo de quienes sus guatacas apodaban El Hombre, El Indio, El Mulato Lindo de Banes. Primero se acerca a los conspiradores del autenticismo pero, desilusionado, se mueve hacia las filas del M-26-7, movimiento del cual será uno de los primeros militantes en La Habana.
Llega 1956 y es convocado para una singular tarea: debe formar parte del equipo técnico de un noticiero de cine que, en República Dominicana, entrevistará al sátrapa Rafael Leónidas Trujillo y Molina.
Mientras esperan la llegada de Trujillo, alguien le sugiere a Ochoa que chequee los micrófonos instalados en el local. Al dirigirse a uno, se le revuelve el sedicioso que en el pecho lleva, y dice: “Uno, dos, tres, probando. Vamos a entrevistar al asqueroso general Chapitas”. (El equipo casi lo mata, temeroso de que alguien cercano a la hiena oyese lo dicho).
A finales de 1958 está en Venezuela, con falsa documentación de ayudante de máquinas, a bordo del yate Aurora, portador de bidones que contienen seis toneladas de armas para el Ejército Rebelde.
Pasan por Panamá y por Costa Rica. Y finalmente, desembarcan en el litoral de la comarca cienfueguera.
Pero llegan tarde: es el primero de enero de 1959. (Lo cual no demerita a los expedicionarios: ellos no sabían que, mientras navegaban, la rata había alzado vuelo, despavorida).

Tras el enero luminoso

Es nombrado camarógrafo del Palacio Presidencial, lo cual le permitirá atestiguar magnos hechos de la incipiente revolución en el poder.
Ah, pero llega abril del 61.
Los planes fraguados por Ike, a los cuales John F. les da luz verde —según algunos a regañadientes—, se materializan. Y Ochoa, en Ciudad Libertad, está filmando el cadáver de Eduardo García Delgado, el miliciano que con su “sangre numerosa” —como dijo Guillén— escribió antes de morir el nombre de Fidel en una puerta de madera.
Poco después, el territorio patrio es hollado por una fuerza invasora. En Palacio, Ochoa, quien siempre ha estado “en todas”, enseguida se entera. No le da tiempo para vestir su uniforme de miliciano, ni a sustituir sus lindos zapatos citadinos por un par de botas. Y, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, con su cámara Bell and Howell de cuerda, parte hacia el frente, donde se va a convertir en un hombre-leyenda.
Las anécdotas menudean. Ochoa, rodilla en tierra, filmando a un avión enemigo que viene de frente, ametrallando. (“Fue una toma muy buena”, él comenta).

Filmará los cañonazos de Fidel que destrozan al Houston.

Y no sé si es estrictamente cierto, pero, según la tradición oral miliciana, llegaba a territorio invadido antes que la tropa.
Hay una foto inolvidable. Él, con un pantalón negro y una camisa blanca —parece un gastronómico—, en las arenas de Girón, junto a Fidel. Cuando le pregunto por el documento gráfico, Ochoa, tan olvidado de sí mismo, tan lejano del autobombo, me responde: “Ay, Argelito, yo no sé por dónde coño anda esa foto”. Y por eso, desgraciadamente, la imagen no acompaña a estas humildes líneas.
Mil pies de película, por él filmadas en Girón, constituyen todo un aval imperecedero.
Después… bueno, después se prolongaron sus travesuras. En 1963 el ciclón Flora convierte en un mar toda la cuenca del río Cauto. Y entonces, ¿dónde está Ochoa? Pues con un uniforme de preso y botas rusas —que el comandante Almeida le ha prestado—, cámara en mano colgando de un helicóptero, mientras el piloto, horrorizado, le grita: “¡C…, te vas a matar!”. (La cámara que entonces utilizó —la misma de Girón— se halla en el santiaguero museo cinematográfico).
Y recuerda: “Cuando le dieron candela a la Central de Trabajadores de Cuba, llegué y les dije a los bomberos que me pusieran la escalera para subir a la azotea y filmar algunos interiores utilizando el ángulo ancho. Cuando miré hacia abajo, el carro con la escalera lo habían pasado para otro lado. Me volví como loco y cuando bajé, insulté a los bomberos”.
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