No hay remedio el mundo ha cambiado sin nuestro permiso
La preocupación les crecía poco a poco. Los tres poseían telefonitos y ninguno. Un timbre interrumpió la fabricación de sucesos tristes. El anciano, el más ligero, protagonizó una mini carrera hacia el teléfono fijo.¿Servirán para llamar a los abuelos?
Para borrar la expresión asustada de la abuela, repitió en alta voz lo dicho por la nieta mayor. “De la universidad salió con algunos amigos para el multicine. Ahora estaba frente a tres bolas de helado de chocolate”. Agregaban a su sabrosura el ser producto de una invitación.
Respiraron tranquilos por unos minutos. Retornaba la preocupación por los otros dos, cuando repicó el timbre. Era el adolescente. Al abuelo le costaba trabajo entenderlo. El ruido circundante era atronador. Con la frase lapidaria de que no podía gastar más en la llamada, se desconectó.
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