No hay remedio el mundo ha cambiado sin nuestro permiso

Los telefonitos

Por: Ilse Bulit – Delegación de Periodistas Jubilados en La Habana – Cuba

Parados en el balcón no disfrutaban la brisa reconfortante. Nerviosos estaban estos abuelos. Aunque los tres nietos catalogaban de confiables, alternativas ajenas los asustaban por aquello de que cualquier cosa puede pasar.

Coincidían los tres en el atraso. En la mañana ninguno anunció la posible tardanza.

La preocupación les crecía poco a poco. Los tres poseían telefonitos y ninguno. Un timbre interrumpió la fabricación de sucesos tristes. El anciano, el más ligero, protagonizó una mini carrera hacia el teléfono fijo.¿Servirán para llamar a los abuelos?

Para borrar la expresión asustada de la abuela, repitió en alta voz lo dicho por la nieta mayor. “De la universidad salió con algunos amigos para el multicine. Ahora estaba frente a tres bolas de helado de chocolate”. Agregaban a su sabrosura el ser producto de una invitación.

Respiraron tranquilos por unos minutos. Retornaba la preocupación por los otros dos, cuando repicó el timbre. Era el adolescente. Al abuelo le costaba trabajo entenderlo. El ruido circundante era atronador. Con la frase lapidaria de que no podía gastar más en la llamada, se desconectó.

Aquel anciano era un perfecto traductor de la jerga del nieto y trasladándola al castellano cervantino comunicó a la desesperada. El muchacho estaba en una fiesta improvisada en la escuela en una celebración y decía que estaba muy buena la música.

Sin tiempo para emprender la preocupación por el pequeño, así le decían aunque ya terminaba el sexto grado, el fijo retumbó. El llamado informaba de su presencia en la casa de Carlitos, viendo unos videos dedicados al entrenamiento de futbolistas famosos.

Relajados, tranquilos, el par de integrantes de la adultez mayor disfrutó entonces la brisa. Apenas les molestaban los ruidosos sonidos de aquella avenida principal. Los nietos no se alejaron del tema de la conversación.

Recordaron que en un principio cuando los padres anunciaron la compra escalonada de telefonitos para los hijos, estuvieron en contra. Era un sacrificio financiero que aumentaría las horas de trabajo de estos padres responsables. Y además, esos telefonitos con sus posibilidades de todo tipo podrían desviarlos de los estudios y hasta proponerles cuestiones indeseables para un devenir honesto.

Aquel día, la defensa de la decisión los descolocó. ¿Acaso no confiaban en la formación hogareña en que estaban criados.? ¿La semilla sembrada en la cuna no ofrecía ya frutos palpables? El celular se cargaría con materiales enriquecedores y ante cualquier duda, la confianza reinante entre todos, los harían buscar la otra opinión. Los días confirmaron esas razones. Y a ellos, los telefonitos los libraron de la preocupación de no tenerlos localizables siempre. En manos honestas e inteligentes, las nuevas tecnologías de la comunicación contribuyen a la felicidad de todos y en especial, la de los abuelos de guardia.

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