La chismosa del barrio

Por: Ilse Bulit – Delegación de Periodistas Jubilados en La Habana – Cuba

El sonido de la ventana descubrió a la mujer. Abierta a medias, en la oscuridad se percibía un rostro afilado. Después de esta impresión, los jóvenes desviaron la mirada. Regresaban de asistir al concierto del grupo predilecto.

Reparto de las muchachas en sus casas en cumplimiento de lo acordado con las familias.

Voces altas en este sábado primaveral. Y un atrevido, tratando de imitar al intérprete aplaudido. Llave en mano, la joven se detuvo.

Suponía lo que suponía aquella vecina de ella y sus amigos. Es la chismosa profesional del barrio, dijo y ordenó silencio. Con un gesto les pidió que se acercaran. La rodearon.

En la oscuridad del portal, la muchacha en toNo misterioso y en calidad de fin de fiesta, les ofreció contar las andanzas y anécdotas de aquella anciana.

Y así, con la gracia de una Sherezada aficionada deslizó la historia verdadera, la contada por sus abuelos, en los oídos ansiosos de los amigos.

“Algunos acusan a las ancianas de ser las reinas de las habladurías. Es un estereotipo prefabricado. En este caso analizado, siempre se caracterizó en el barrio por su orgullo de niña mimada, un ser perfecto. Y desde joven criticaba a los demás, en especial a las mujeres dedicadas al estudio y al trabajo.

No se casó y al morir sus padres quedó sola, ocupada más que nunca de vigilar la virginidad de las otras. Cumple el primer principio de los entrometidos:

¡Alerta, siempre alerta! Como un corredor en espera del disparo para la arrancada. Como una nave en conteo regresivo para la partida a Marte. Como gato frente a la cueva del ratón.

Mientras en voz baja, la Sherezada subyugaba a sus escuchas, la chismosa profesional ardía de curiosidad. Aquellos jóvenes alborotadores permanecían en silencio y en una oscuridad total. Eran hembras y machos. Y cuando hay hembras y machos algo inmoral estaría ocurriendo. ¡Un aquelarre sexual ante sus narices! Llamaría a la policía. Lo comprobaría primero. Y sacó medio cuerpo por la ventana.

El grupo de jóvenes advirtió el movimiento. Les molestaba tanta intromisión en las vidas ajenas. Y el más atrevido planteó la venganza. Una venganza inocente en comparación con el daño hecho por las habladurías.

Convertidos en perros de caza, agachados y silenciosos, desde el portal se acercaron lo más posible a aquella ventana indiscreta. El jefe de los cazadores dio la señal. Todos los celulares conectaron las luces e iluminaron a la chismosa. Tanto había sacado el cuerpo por la ventana que poco le faltó para caer.

Furiosa, la cerró. Tejía ya las mentiras sobre la muchacha y sus amigos que distribuiría en el barrio a la mañana siguiente.

Desconocía que esa misma noche, las fotos circulaban por la red con el título “una chismosa al descubierto”.

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