Así conocí a FIDEL – Recordando el primer año de su partida

Por:  Alicia Pineda – Delegación de Periodistas Jubilados en La Habana – Cuba

Allí lloré y me sentí orgullosa de ser cubana y fidelista

Soy del grupo de estudiantes de la UH que tuvimos el privilegio de hablar noche tras noche con Fidel, durante un periodo de tiempo, que hoy evoco.

Fidel habla en el Palacio Presidencial 26 octubre 1959

El 26 de octubre de 1959, en el acto frente al Palacio Presidencial estaba con mi entrañable amiga María Rosa Garcini en la terraza norte del Palacio  muy cerquita de Fidel, el Che, Camilo y sus padres, Dorticós y su esposa, y muchos otros compañeros.
Cuando Fidel comenzó a hablar convocó a los obreros, a los campesinos, a los estudiantes, a armarnos para defender la revolución. Y no titubeamos. Al final del acto partimos hacia la colina. Cerca de la oficina de la FEU firmamos en una libreta y ya fuimos milicianos.El periódico Revolución reporta el encuentro sostenido la víspera por elComandante en Jefe Fidel Castro en la Universidad de La Habana con estudiantes que recibían adiestramiento militar. Los jóvenes integrantes de las milicias le entregan el uniforme del batallón universitario y el líder de la Revolución les promete que los llevará al Pico Turquino para hacer allí entrenamiento junto con campesinos.
Después venía Fidel todas las noches y entre otras muchas cosas nos  explicaba que la guerra había terminado pero la lucha recién comenzaba contra un gigante poderoso. Y que esta lucha se conquistaba con el filo del machete,  como dijo el Titán de Bronce.
Unos días después nos pidieron las medidas para hacernos los uniformes.  Pasados unos días, el 27 de noviembre, bajábamos por la calle San Lázaro vestidos con el rojo-vino de la FEU, la boina negra y el buho sapiente como El periódico Revolución reporta el encuentro sostenido la víspera por elComandante en Jefe Fidel Castro en la Universidad de La Habana con estudiantes que recibían adiestramiento militar. Los jóvenes integrantes de las milicias le entregan el uniforme del batallón universitario y el líder de la Revolución les promete que los llevará al Pico Turquino para hacer allí entrenamiento junto con campesinos.distintivo, sólo que ahora estaba sentado  encima de un montón de libros y llevaba un fusil bajo el ala.
En ese desfile de 1959 honramos a los estudiantes de Medicina fusilados en 1871, con el orgullo de empuñar un arma en defensa de la Revolución  de Fidel. Fue  el primer desfile armado que se produjo en la capital después del 1 de Enero.
Al poco tiempo, en una de aquellas visitas a la colina, prometió hacer un viaje con nosotros a la Sierra Maestra. Nuestra alegría fue indescriptible.
El 1 de Enero de 1960, acompañados de Fidel, más de 300 estudiantes universitarios, partimos hacia la Sierra.
En horas de la tarde de ese día nos agrupamos en la Plaza Cadenas, hoy Ignacio Agramante y de allí salimos rumbo a la Terminal de ferrocarriles. Muchos de nuestros padres nos acompañaban en ese recorrido pues una buena parte de nosotros no nos habíamos separado nunca de ellos. Antes de llegar a la Terminal  pasamos junto al Palacio Presidencial, donde el líder de la Revolución asistía a una recepción que ofrecía al periodista Herbert Mathews, aquel que desmintió que Fidel había muerto en la Sierra. A un costado de Palacio y gritamos a todo pulmón Fidel, Fidel, Fidel, para que el Comandante se asomara. Por una de las ventanas se presentó vestido con uniforme de gala y agitando un sombrero de Yarey, y nos dijo que lo esperáramos en la Terminal de trenes.
Al llegar allá, una larga fila de vagones estaban ya dispuestos para trasladarnos. ¡A mi me parecía que soñaba! El cansancio de la caminata y la molestia de las botas altas –que también nos había enviado el Comandante- junto a un uniforme verde olivo que cargaba en mi mochila, un fusil Springfield y 80 balas en la canana,  me hicieron descansar y relajarme en el asiento que ocupé. Por supuesto descalza y con los pies llenos de ampollas. No se cuanto tiempo estuve descolgada y llena de sueños guerrilleros.
De pronto una voz interrumpió el breve descanso:
“Compañera, el viaje es largo. Así va a llegar muy incómoda”. Pude abrir los ojos, que primero tropezaron con sus botas que me parecieron gigantescas. ¿Estaba soñando? De un salto me incorporé. ¡Era Fidel! quien haría el viaje en este vagón.
Se sentó frente a mi asiento y comenzó a departir con nosotros. Fue una clase magistral. Explicó hasta el último detalle la traición de Hubert Matos. Cómo era posible que uno de sus hombres hiciera semejante acción. ¡El anticomunismo!, dijo. ¿Y qué era el comunismo?, pensé yo: a mi no me importaba.
Me miró, sentada en el piso y sin botas. Y preguntó qué estudiaba. “Yo estudio y trabajo”, respondí.
“Pero qué estudias”, insistió.
“Estudio Ciencias Sociales y trabajo en la Compañía  Godoy Sayán…”. Estaba muy nerviosa, no podía ni hablar.  Pero continué: “Tengo una encomienda de mis compañeros…”  “Yo trabajo en la Compañía Godoy Sayán, pero tenemos un problema sindical y nos dejaron fuera del trabajo”, logré explicar.
“Sí, yo he leído el problema en los periódicos”.
“Pero yo quiero darle una carta de parte de mis compañeros de trabajo”.
La tomó y la guardó en el bolsillo.
“No te preocupes que a ese señor le queda poco”, sonrió y yo enmudecí.
No entendía nada, pensé. ¿Cómo es posible que a mí y  un grupo de mis compañeros nos hayan dejado cesantes en plena Revolución?
El siguió hablando de la lucha heroica, de la Sierra, de Raúl, de Camilo, del Che, hasta que llegamos a Yara. Durante aquella inolvidable conversación, solo lo interrumpía de vez en cuando  una figura delgada y amable, quien con mucho cariño y respeto le  traía un poco de agua, o solo le informaba la hora. Era la insustituible Celia Sánchez, su inseparable compañera de lucha.
De regreso de aquel imperecedero viaje, Fidel seguía visitándonos en la colina. Ahora muchos de sus compañeros, y él  también, nos llamaban por nuestros nombres. Nos conocían. Sabían que a Carmenchu se le fracturó un brazo cuando subía el Turquino. Que Aleida, la Negra, subió de las primeras. Que muchas de nosotras nos pusimos muy mal en aquel ascenso, donde perdimos libras de peso, pero ganamos la satisfacción de conocer y compartir con el Capitán Núñez Jiménez, Pedro Miret, Crescencio Pérez y otros atrapados por mi pequeña cámara Kodak, la que perdí en una de las vueltas del río Yara, junto a mis fotos con Fidel.

Comandante Fidel Castro Ruz, primer Ministro del gobierno revolucionario, en el acto de clausura del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, el 6 de agosto de 1960 y anuncia Nacionalización de empresas extranjeras

En el mes de agosto nos convocaron para el estadio del Cerro, el día 6 de 1960. Desde temprano fuimos en perfecta formación y ya en el lugar nos ubicamos muy cerca de la tribuna. Pronto veríamos a muchos de los compañeros que subieron a la Sierra con nosotros, que nos saludaron sonrientes.
El Comandante comenzó a hablar. De pronto nos percatamos que su voz apenas se escuchaba. Casi no le oíamos. Gritábamos: ¡que no hable!, ¡que no hable! ¡Que no se moje! Y la lluvia era cada vez más fuerte. La voz se le fue por un momento y Raúl tomó el micrófono. ¿Qué angustia! Raúl continuó hablando con voz entrecortada, pero vibrante. Momentos después Fidel volvía y con fuerza decía que habían nacionalizado las compañías extranjeras y cubanas. Y comenzó a leer una larga lista de aquellos lugares donde se explotaba a los trabajadores:
“Cuban Telephone Company” y el público a coro respondió: “Se llamaba.”
“Trust Company of Cuba”…Respuesta del pueblo: ”Se llamaba.”
Hasta que al fin dijo:
“Godoy Sayán Compañía de Seguros, Capitalización y Banco”…”Se llamaba.”
Esta era la gran respuesta. La que no recibí cuando viajábamos en el tren rumbo a Yara.
Muchos años han transcurrido y siempre recuerdo aquel día como uno de los más importantes en mi vida de revolucionaria. Allí lloré y me sentí orgullosa de ser cubana y fidelista. Hoy también lloro, recordando el primer año de su partida.

 

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