El ungüento del olvido

Por Ilse Bulit – Delegación Periodistas Jubilados en La Habana

Al fin, un correo de la amiga. Durante meses, ninguna respuesta a los enviados. Una buena señal, salía del enclaustramiento. Aceptaba su silencio. La comprendía.

Despertar en la noche, volverse y aquel espacio ocupado por tantos años, vacío. Y cuando le daban otra vuelta a la relación. Hijos independientes y lejanos, nietos queridos, pero entregados a ellos.

Los dos, en el goce de un amor calmado, de regreso de aquellas disputas por los celos de ella, la mayoría de las veces, injustos; otras, no.

“Yo no tengo la culpa, me caen atrás”, le dijo una vez, mientras revisaban el proyecto de una adiestrada, cargada de dudas solo en presencia de él. Tenía razón el muy bribón. Con esa cara de niño bueno aun cuando las primeras canas aparecían. No era de esos de que por hombre cedía a la primera provocación. Pero hubiera podido ser el primero que en el país presentara una queja por acoso sexual.

Trabajaban juntos y solo en una determinada circunstancia, descubrió una mirada cómplice intercambiada entre él y una elegante cliente. Una aventura porque al siguiente mes, él no respondía las insistentes llamadas de la mujer. Y no porque supondría que ella se lo contara a la esposa, su amiga. Él la quería. Bien preocupado estuvo cuando su posible dolencia y en más de una oportunidad le expresó que ni una extirpación demolería su amor.

En verdad, él era adorable hasta en el trabajo. De esos capaces de convertir la tarea diaria en un estímulo para la creación y aderezar con un chiste una reunión, después de presentar con la gravedad debida, una imperfección del colectivo. Consumada la jubilación de todos, mantuvo la cohesión del grupo y aunaba dineros para aparecer en la casa de un enfermo con la ayuda requerida o armar una fiesta sorpresa para un cumpleañero amargado por las trabas físicas de la vejez.

Rehusó las despedidas ante la decisión de marchar al extranjero a reunirse con los hijos. Algunos, incluida ella, cuestionaron esa operación escondida. Era una pregunta abierta en las aguas de un río más caudaloso y limpio que el Almendares, el que sorbió las cenizas.

Por la amiga supo que de ella partió el impulso del viaje definitivo.

Y esta particularidad, la hacía sentir provocadora del accidente. La liberación de esa injusta culpa podría aparecer en este correo. El pedido de la amiga la derrumbó. Primero, la sorpresa que abrió paso a la conmiseración. Podía cumplir sus deseos, pero temía sumirla aun más en la desesperación. En pocas líneas le rogaba que le contara anécdotas del desaparecido. Despreciaba el ungüento apaciguador del olvido. Reclamaba la apertura de las heridas. ¿Qué hacer?

Si ella poseía cientos de fotos. No se conformaba. Quería palabras que repitieran su presencia, convertirla en una constante en su memoria.

¿Complacerla? Entonces, pensó en el posible día en que ella también encontrara un vacío en la cama. Tapó los oídos a los sabios consejos de los psicólogos. Cercanos los ochenta años, vale la pena sumergirse en el gozo de los recuerdos del por siempre amado y resistido.

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