Todavía sirven los viejos

Por Ilse Bulit – Delegación de Periodistas Jubilados en La Habana

Este era el último café del día. Lo aceptaba la pareja y lo disfrutaba, acomodados en la terraza.  El siletodavia sirven para algo los viejosncio de la casa pronto se vería interrumpido por la llegada de sus otros moradores. Debajo de ellos, una concurrida avenida de la ciudad provocaba ruidos que no les pertenecían, aminorados por la altura del piso ocupado. Era la hora precisa en que les nacían todo tipo de comentarios. El presente, el pasado y el futuro se fundían en un crisol de opiniones disímiles. Se hablaba de lo humano y lo divino al estilo de  un locutor de estirpe en un programa radial o se iba de “palo pá rumba”, dicho traído por el anciano del popular barrio en que se crió. Esa crianza pegada al suelo irregular pisado le diseñó una personalidad pragmática, bien diferente a esta mujer perfeccionista, entregada a la tarea de perfeccionarse ella y sobre todo, perfeccionar a los suyos.
Estaba listo ese preámbulo del verano en que el calor trata  de dominar al aire frío de las tardes y este tiempo le servía a la anciana para dolerse de las barriguitas al aire de esas casi niñas circulantes allá abajo, acompañadas de esos casi niños de cigarros en la boca y un posible derivado del alcohol, asomando la tapa en el bolsillo.
Gracias a Dios, lo recalcaba, sus nietos no eran así y repetía sus cualidades, olvidada de los defectos y que el conocía tan bien como ella pues los habían criados juntos. El seguía a medias las palabras porque en silencio organizaba otras palabras que pronunciaría esa noche a escondidas de ella y de los otros en un primer paso prudente ante una amenaza olfateada en el día anterior.
Había entrado al dormitorio del adolescente mayor en busca de la revista prometida y olvidada por una salida rápida. La encontró y también encontró un olor. Lo aspiró. Provenía del pulóver tirado en la cama junto a la revista. Al instante, una escena de la niñez, reapareció. Aquel boxeador de ojos enrojecidos que agradecía sonriente, el grito de campeón pronunciado por los niños, seguidores de su paso tambaleante por las calles del barrio. En sus ropas todavía elegantes, estaba impregnado ese olor. Ese olor de los cigarros que escondían en el guardafango de los “colaepato” cuando veían al policía, aquellos hombres que el padre saludaba porque eran vecinos y no se metían con la familia, pero le advertía a el, que nunca se acercara a ellos porque tenían un vicio peligroso y todos los vicios destruían.
El ruido de la puerta les avisó que el silencio propio, terminaba. El despertar de una computadora lo confirmó. La anciana y la última añoranza de la tarde.
Poco podía ayudar a los nietos en la confección de las tareas. Nuevos conceptos en las materias y nuevas tecnologías que desconocían. Quedó atrás la memorización de las tablas y aquella regla de tres que tanto resolvía. “Para nada le servimos a los nietos”, afirmó desconsolada. El no replicó. Estaba equivocada.
Aquella noche, los ojos de el clavados en los ojos del nieto mayor. Las palabras de el, angustiadas, reviviéndole las imágenes recordadas y con las mismas razones de aquel padre que nunca previó la existencia de la red de redes, pero sabía que las experiencias vividas y contadas unidas a los testimonios personales impolutos, eran condicionantes para sostener  de generación en generación a una familia.

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