La noche de los cuerpos reunificados

Por Ilse Bulit – Delegación de Periodistas jubilados en La Habana – Cuba

A la edad de los dos, la fecha de los hechos sube y baja en un cachumbambé y agregar cinco años o restar diez, no tiene la menor importancia. Repasar más o menos el contenido de aquella conferencia, charla o clase, no supieron entonces clasificarla y menos ahora, significaba que además de recordar el cumpleaños de los hijos, nietos y en especial, el día del cobro de la jubilación, todavía acumulaban cenizas de neuronas. A aquella conferencia, clase o charla acudieron porque una pareja de amigos los invitó, más bien los arrastró. Después de la asistencia, en la que ella pudo comprobar que sus flácidas mejillas enrojecían, la amistad con dicha pareja se malogró. Les había nacido la sospecha de que deseaban involucrarlos en alguna variante cuatripartita de ensayos eróticos.
Porque la charla o clase en cuestión trataba de las relaciones sexuales en la tercera edad, del modo y el cómo incentivar los ánimos hacia ese entretenimiento gratuito en parejas formales.
La conferencista, vale designarla así porque al alentar a las visualizaciones inspiradoras, a las cómodas poses apropiadas, a los llamados juegos eróticos, siempre se expresó con soltura académica y una delicadeza que la hizo, en ocasiones, detenerse en mirada a las alturas, loca por apresar la palabra precisa, distante de los sabrosos vulgarismos latino-caribeños.
Era una dama de unos recién cumplidos cuarenta años. Esbelta, elegante, delicada cual flor que solo en su vida posiblemente supiera de una cesárea que la salvara de los dolores de parto, algúna gripe de moda o el torcido de un pie en una calle habanera. Así, venía a convencerlos a ellos, experimentados consumidores de medicamentos recetados por un profesional ya que acumulaban enfermedades crónicas, a que se lanzaran a las ensoñaciones nocturnas encaminadas a heroicidades amorosas.
Esa conferencista desconocía las emociones del despertar con una contracción muscular, visitar el urinario en varios horarios de madrugada, abandonar el lecho agobiado por la acidez estomacal, pasear por la casa perturbados por el insomnio.
Deseaban localizar a aquella dama de la teoría, pasados ya los cinco o diez años y con más de ochenta sobre sus anatomías. Comunicarle que sus cuerpos las otras noches, se fundieron en nocturnos abrazos piel a piel, las piernas entrecruzadas, los brazos arropando los cuellos, las caras intercambiando respiraciones. Apretujados, convertidos los cuerpos en un cuerpo de cuatro brazos, cuatro piernas y un único pensamiento revoloteando en silencio porque en los labios entumecidos estaban prohibidas las palabras. Esa noche inolvidable y peligrosa, desprovistos de la menor pizca de deseo sexual, los calientes cuerpos combatieron el frío y sobrevivieron porque la adelgazada colcha de tantas lavadas, sucumbió ante los bajos grados de temperatura.

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