Siempre el mismo enemigo

Por Pedro Meluzá López

Un pensamiento cardinal prevalece en los principales forjadores de la independencia cubana, desde Yara en 1868 hasta nuestros días.

En aquellos años del siglo XIX el enemigo era la metrópoli española, aunque ya se vislumbraba que el principal peligro lo constituían Estados Unidos y su entonces en ciernes imperialismo.

Hoy no existe el colonialismo hispano, pero el adversario sigue siendo “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”, como lo calificó José Martí.

Fue el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, de los primeros en alertarnos acerca de los vecinos sajones, cuando dos años después del inicio de la Guerra de los Diez años señaló que “el secreto” de la política de Estados Unidos “es apoderarse de Cuba”.

En julio de 1896, el Titán de Bronce Antonio Maceo escribía a un coronel mambí amigo: “Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fijarlo en nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”.

Más adelante, en ese año le confesaría a un amigo que el triunfo independentista “traería aparejada la felicidad del país, si se alcanza sin la intervención extranjera”.

El “norte revuelto y brutal” del que alertó Martí vuelve a inscribirse, ya en la manigua cubana,  en el testamento político del Héroe Nacional, en mayo de 1895:

“…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extienda por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”

Pero antes (1889) había dejado para la posteridad su llamado de alerta: “Una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?”.

Diez años después, en su Diario de Campaña, el Generalísimo Máximo Gómez subrayaba que “los americanos están cobrando demasiado caro con la ocupación militar del país”. En otro párrafo decía concluyente: “El día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía”.

Tras el surgimiento en 1902 de la República mediatizada por ataduras políticas y económicas a Norteamérica, Washington propone al año siguiente un convenio  que trata de legitimar su dominio sobre la mayor de las Antillas.

Un fuerte debate se produce en marzo de ese año cuando el Congreso cubano discute acerca del propuesto Tratado de Reciprocidad Comercial Cuba-EE.UU.

En la bancada senatorial contraria a la firma del documento sobresalieron ilustres patriotas de la talla de Juan Gualberto Gómez, Salvador Cisneros Betancourt y Manuel Sanguily, de quien es la frase: “…todo tratado de comercio envuelve o encubre una cuestión política…y en el fondo del que examinamos nadie podrá negar que palpita un pensamiento político para nosotros pavoroso…”.

Y concluía su pensamiento:”…ha de ser funesto para la independencia de Cuba”.

La voz de Sanguily se había alzado antes en correspondencia con ese pensamiento, a propósito de la proclamación de la Enmienda Platt por el Congreso estadounidense: “Han convertido por tanto, nuestra nación en una colonia mercantil y a los Estados Unidos en su metrópoli”.

Por esa época y por la misma causa resultaron espectaculares las declaraciones hechas a la publicación norteña Review of review por otro preclaro luchador independentista, Bartolomé Masó: “Estado soberano de nombre, de hecho (Cuba) no será más que una colonia autónoma  colocada bajo la égida de EE.UU….una dependencia”.

De Céspedes a Fidel, sin olvidar a Mella y Villena, una misma idea libertaria entronca varias  generaciones cubanas., hasta alcanzar la segunda y definitiva independencia.

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