Maestros Voluntarios – ANTECEDENTES DE LA ALFABETIZACIÓN

Por Magali García Moré (codirectora del Campamento Alfredo Gómez. I Contingente)

Realmente yo era graduada en la Escuela Normal para Maestros de La Habana (en 1956), cuando Fidel llamó a los maestros sin aulas a ocupar las que se crearon al inicio mismo de la Revolución-mayo de 1959, cumpliendo así uno de los compromisos plasmados en su alegato durante el juicio luego del asalto al cuartel Moncada, conocido como La Historia me absolverá.
No me resultó nada difícil dar aquel paso conociendo[singlepic id=190 w=320 h=240 float=left] la enorme necesidad de crear aulas para terminar con la ignorancia de siglos, que mantenía atenazado a este país a una situación de calamidad social. En mayo de 1959 salí con un grupo de compañeras y compañeros a ocupar las primeras aulas rurales creadas por la Revolución.
Constituimos un Departamento, que funcionó en el entonces Ministerio de Defensa, y que fue creado originalmente en el II Frente Oriental Frank País y con el cual se pudo iniciar la alfabetización  de las tropas y de la población residente en las zonas liberadas. El DATMCC reunía maestros, técnicos agrícolas y de otros oficios, así como algunos médicos, que pudieron realizar un trabajo de orientación social, técnica, material y cultural al campesinado. Nunca más el campesino y su familia volverían a estar desamparados.
Como integrante de uno de aquellos grupos me enviaron a la zona de Cruce de los Baños, donde más tarde surgió el municipio Tercer Frente, y que había sido asiento de las tropas del Comandante Juan Almeida Bosque durante la guerra de liberación.
Como las transformaciones en el país tenían lugar a la velocidad de la luz, allí solo tuvimos tiempo de sembrar la primera semilla de lo que luego sería una sin igual campaña de alfabetización.
Un día pedí incorporarme al Primer Contingente de Maestros Voluntarios, movimiento al que convocó el Comandante en Jefe, y cuya organización fue confiada a Jorge Manfugás Lavigne, compañero al que admiramos profundamente y que dirigía el SATMCC (el Departamento pasó a Sección al formar parte del INRA).
Mi campamento –al igual que los cuatro restantes- se ubicó en la Sierra Maestra, y nuestra vida allí durante tres meses, fue una experiencia única que contribuyó de manera decisiva a formar fuertes convicciones revolucionarias que no me abandonarían jamás; todas y todos dispuestos a corresponder a esta nueva etapa de desarrollo del país en las condiciones que se le solicitara, con un desprendimiento y una entrega absolutos.
Este momento me hizo madurar y comencé a ver el mundo a través de un nuevo prisma: más humano, solidario, hecho de la savia generosa de una obra que ya comenzaba a ser más grande que nosotros mismos.
Después de tres meses de rigor, donde soportamos los eventos climáticos más diversos: vendavales, ríos crecidos y hasta la ladera de una loma arrastrada por el agua, e incluyó la muy lamentable muerte del joven Alfredo Gómez, nombre que le fue dado al campamento después de buscarle una nueva ubicación,  pasamos de Los Cocos a un lugar más cercano a Minas del Frío.

Clases y adaptación al medio
De manera simultánea un grupo de profesores seleccionados por el Ministerio de Educación impartían un curso que incluía metodología y práctica para los futuros maestros, en la medida en que nos adaptábamos a la vida rural, en condiciones difíciles: acarreando comida y agua, bañándonos en río o arroyuelo, con las ropas y las botas permanentemente mojadas, durmiendo en hamacas bajo un techo de zinc o con un simple nylon. Al término de aquellos meses se hizo un acto de graduación en el que habló Fidel, diseñando una concepción pedagógica para desarrollar en las aulas que ya íbamos a ocupar. Como un premio fuimos hospedados en los mejores hoteles de La Habana durante unos días.
En esta ocasión no fui a impartir clases. Era necesario que los maestros tuvieran un instructor o guía que lo ayudara en su desempeño, mediante visitas sistemáticas a las escuelas, y así fui a destinada a Guantánamo,  más bien a Yateras. Desde Palenque hasta el río Bernardo, en el límite con Baracoa, fueron ubicados los maestros voluntarios en la zona que me correspondió atender, casi todos viviendo en casa de los campesinos, con lo que se creó un intercambio socio-cultural en el cual unos aprendían de los otros y todos ganaban.
Subí y bajé por aquellos lomeríos muchas veces en el viejo jeep del SATMCC, siempre acompañada de alguno de los compañeros. Me sentía muy a gusto descubriendo esa parte de la geografía de nuestro archipiélago, caracterizado por montes bastante espesos, mucho café y los cultivos para la manutención de la familia campesina. Los caminos se hacían dificilísimos con la lluvia;  a veces pasábamos un mismo río no se cuántas veces, antes de llegar a nuestro destino. Pero eran lindos los paisajes y la gente buena, desprendida, generosa. Y descubrí asimismo un mundo de penurias e injusticias que eran necesarios terminar en el menor tiempo posible.
Una vez al mes nos reuníamos en las oficinas del SATMCC que teníamos en Guantánamo. Entonces aprovechábamos para impartir las últimas orientaciones y precisar aspectos del trabajo. De aquellos días, recuerdo de manera muy especial abril del 61, con el ataque al aeropuerto de Santiago de Cuba y el discurso del Comandante Raúl Castro. Unas horas después, el desembarco de los mercenarios por Bahía de Cochinos y luego de casi tres días de enorme tensión, la Victoria en Playa Girón.
Demostramos que se podía enfrentar a los imperialistas y ganar. Las poblaciones eran verdaderos hervideros de hombres y mujeres, milicianos o no, tratando de asumir la parte del trabajo que le correspondía, en momentos en que sólo se pensaba en como dar más. Así, casi sin darnos cuenta abrazamos el socialismo y el marxismo-leninismo devino nuestra ideología. Mientras hacíamos historia. Casi simultáneamente llegaron los alfabetizadores  a la zona donde ya estaban trabajando los maestros voluntarios con verdadero afán y un interés sin límites para que las aulas de los montes se abrieran a la verdad, como dice su himno. Se trabajó mucho y bien…
Allí completé el objetivo de la campaña, pero al finalizar  pasé a otras tareas que se le asignaron al Departamento. Así impartí clases en el curso para Contadores Agrícolas que se preparaban en el Instituto Tecnológico de Holguín, para encargarse de la contabilidad de las futuras Granjas del pueblo y antes había trabajado en la preparación de un grupo de maestros voluntarios como orientadores políticos, en la provincia de Las Villas, exactamente en Santo Domingo, en áreas del central Washington.
Entre tantas idas y venidas, un día me enamoré y me casé. Y entonces tuve que regresar a La Habana para trabajar en el mismo Departamento, pero en el área de capacitación donde me dediqué a redactar materiales técnicos que, en forma de folletos y plegables se les hacía llegar a los campesinos. Fue una nueva y diferente arista  de trabajo que me abrió el camino a lo que sería, poco después, mi nueva profesión. Fue allí donde nació en mí el gusto por comunicar a otros lo que sabía o de lo que me informaba para hacérselos llegar. El magisterio del aula quedó atrás para encontrarme con otra profesión tan universal como aquella: el periodismo.
Ya cumplí 72 años y no he dejado de trabajar, sigo colaborando con otros medios especializados como El Economista de Cuba online  y otros  sitios web de la ANEC.
He querido recordar en esta fecha aquellos primeros pasos dados en una de las obras más trascendentes que se desarrolló a favor del saber y la inteligencia de un pueblo. Me siento orgullosa de quienes me animaron en cada paso que di, por difícil que fuera, luego que me inicié en la lucha  cuando apenas tenía 18 años, como integrante del movimiento 26 de julio en La Habana. A mis compañeros caídos en aquellos días terribles e inolvidables debo mi decisión inquebrantable de seguir adelante, siempre fiel a este pueblo, a Fidel, a Raúl y al Partido

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