LO QUE NO QUIERO OLVIDAR

Por José Prado Lavallós

Aun el sol no calentaba aquella mañana de febrero del año 1950, cuando pasé frente a la entrada del hospital “Calixto García“. [singlepic id=192 w=171 h=331 float=right]La temperatura ambiente resultaba lo suficientemente fría para cualquiera que hubiera estado expuesta durante varias horas a la brisa de la madrugada. Eso pensaba mientras me detuve a mirar a una viejecita que se cubría con una chaqueta raída y desteñida , y que a su lado tenía lo que podría ser un cuerpo humano tapado con una vieja sobrecama de “chenille”.

Tanto me llamó la atención, que aunque iba apurado me acerqué a la viejecita para ver si podía ayudarla en algo. Lo hice, y nunca más podría olvidar aquel episodio, que entonces era muy común y hoy podría parecer exagerado, sobre todo a los más jóvenes en nuestro país.

La señora había salido de Guantánamo desde hacía dos días, con el esposo muy enfermo. Allá le habían recomendado que lo trajera para La Habana, pues en Guantánamo no tenía solución su caso. Ella no encontró una cama para ingesarlo, pero los empleados le recomendaron que no se fuera, que pronto dos camas quedarían vacías, pues los enfermos estaban muriendo.

Intenté llamar por teléfono a la escuela donde trabajaba para advertir que llegaría tarde, pero no pude, y mientras, me ocupé de aquel asunto tan trágico que tenía ante mi. Hice las gestiones pertinentes con una amiga que tenía una gran amistad con el director del hospital. En todo ello invertí más de dos horas, hasta que mi amiga logró que al viejecito le dieran una de las camas  que había quedado vacía por el fallecimiento de uno de los ingresados. Al término de las tres horas , había logrado mi objetivo.

Cuando salí a darle la buena noticia a la pobre señora la encontré en un mar de lágrimas: ya no había nada que hacer. El esposo había fallecido. La dejé en las gentiles manos de una enfermera que se hizo cargo de los restantes trámites, exequias del esposo y regreso a Guantánamo de la señora.

Cuando llegué a la escuela privada donde laboraba, le informé al director de lo sucedido, pero ello no lo sensibilizó ante mi llegada tardía “sin justificación alguna”, me dijo en tono agrio y duro.

Siete días después, al finalizar el mes, me notificaron que “por razones de economía se veía obligado a prescindir de mis servicios”.

Estoy absolutamente seguro de que la razón de mi mal disimulado despido era otra. Preocuparme por otras personas, como lo había hecho, no era del agrado de aquel señor, acostumbrado como estaban ellos a pensar sólo en sus propios intereses.

Decenas de hospitales se han construido en el país , y no sólo en la capital, después de enero de 1959, y miles de médicos sirven en Cuba y más de un centenar de países, como un genuino triunfo de la Revolución.

Quiero subrayar que la mansión que ocupara la escuela de esta historia fue convertida en un hogar de ancianos.

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